La chica del grupo de Kim Gordon

María José Evia Herrero

La chica del grupo me hizo preguntarme por qué leemos autobiografías o memorias escritas por músicos famosos. Dos respuestas obvias son el chisme y el fandom. O sea, queremos enterarnos de lo que de verdad pasó detrás de cámaras, al estilo Behind the Scenes, pero también conocer cuál fue la inspiración de nuestra canción favorita. Si quienes escriben son mujeres, se agrega el interés de que nos cuenten cómo es ser una mujer en el mundo del rock (como si ellas no hubieran respondido a esa pregunta decenas de veces a lo largo de su carrera).

En su autobiografía, Kim Gordon definitivamente cumple con sus fans, ofreciendo información no solo sobre la música de Sonic Youth sino sobre las portadas de sus discos, los miembros de la banda y las personas que la rodearon por tres décadas. Sin embargo, hay que tener paciencia; el grupo es mencionado en el primer capítulo, pero solo vuelve a hacer aparición hacia la mitad del libro, porque la infancia y juventud de la autora se llevan toda la primera mitad. En especial su relación con su hermano, quien fue diagnosticado con esquizofrenia paranoide en sus veintes, en una fuente constante de material. Gordon considera que sus primeros años, siempre a la sombra de Keller, marcaron su vida y sus relaciones con los hombres para siempre.

Para los lectores que buscan el chisme, La chica del grupo tampoco los dejará mal, pero advierto que la experiencia puede ser agridulce. Gordon describe con lujo de detalles el periodo final de su matrimonio con Moore y las razones detrás de este, pero al leerlos es fácil notar que la herida no estaba cerrada aún. Se siente como escuchar a una pareja pelearse: más incómodo que satisfactorio.

Sí cuenta anécdotas con otra gente famosa, aunque no las analiza con mucho detalle. Por ejemplo, comenta su relación con Kurt Cobain, da su perspectiva sobre el famoso golpe de Courtney Love a Kathleen Hanna y menciona que todo el mundo odiaba a Billy Corgan por ser un quejumbroso y tomarse demasiado en serio a sí mismo y a su banda. Todo esto sin contar las decenas de nombres de artistas, rockeros, diseñadores de moda y cineastas que son citados casi de pasada en diferentes pasajes.

Llegamos entonces a la tercera razón para leer el libro. A pesar del título de su libro, Gordon no dedica muchas páginas a su relación con el feminismo o siquiera con otras mujeres. Cuando lo hace, es para dejar claro qué famosas le caen bien y quiénes no (aceptables: Madonna en sus inicios, Kathleen Hanna; inaceptables: Lana Del Rey, Courtney Love), para mencionar que estar en el escenario le hace olvidar que ella es una chica y para quejarse de las aburridas preguntas de los periodistas.

Más que ayudarnos a conocer los sentimientos más profundos o los valores de su autora, lo que este libro hace es presentar una vida que ha sido guiada por el arte, la intuición y la curiosidad. Gordon recalca que no se considera una música (¿un músico?), sino alguien que por casualidad dio cauce a sus intereses artísticos en una banda. Antes de eso fue estudiante de arte y después ha sido crítica, actriz, empresaria de moda y un largo etcétera. En definitiva, mucho más que “la chica del grupo”.

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