Our Band Could Be Your Life: el registro histórico de una época

Juan Carlos Báez

Siempre he considerado que la historia es la rama humanística más noble. El historiador es el arquitecto del pasado. Con su trabajo, entendemos el por qué y cómo estamos en el lugar donde estamos. Se otorgan muchas respuestas a través de la reestructuración de los hechos, de las causas y consecuencias que hubo en cada uno.

Sin embargo, registrar cada evento que ocurre en el mundo es imposible. Hay una vastedad inconmensurable de sucesos ocurriendo minuto a minuto, y, debido al ritmo de vida tan rápido que siempre ha existido, esos sucesos se pierden, quedan relegados a la oscuridad y al olvido colectivo. Si existe un vestigio de él, probablemente en el futuro se pueda llevar a cabo una reconstrucción de los hechos. Pero si quedó poco, está condenado a la oscuridad total.

De ello fue consciente Michael Azerrad, hombre que, en mi opinión, cumple con todos los requisitos para volverse el mayor historiador de la música norteamericana. Cuando en 1991 los medios hacían un recuento de las bandas que durante esos diez años habían existido, omitieron a una generación entera de agrupaciones que lograron elevar al punk, hardcore y rock alternativo al estatus en el que se encontraba en ese momento. De Talking Heads se saltaron a Nirvana, Azerrad decía. Lo que lo llevó a hacer una compilación de todos los grupos que existieron en esa década.

Our Band Could Be Your Life es el producto de esa búsqueda emprendida por Azerrad durante los últimos años de los noventa. El libro salió en 2001, y retrata, en un híbrido periodístico y literario, la historia de trece bandas, clave, en la comprensión del autor, para que la escena alternativa de los Estados Unidos explotara en 1991.

A forma de crónica, pero sin perder su aspecto periodístico (de ahí nombrarle un híbrido, pues no termina de juntar el verdadero aspecto literario, ni tampoco cae en la monotonía de un mero reportaje), Azerrad narra la historia del underground estadounidense entre los años 1981 a 1991. Toma como vehículo las anécdotas de trece bandas que sufrieron los embates de una sociedad, escena e industria musical todavía en transición.

De forma cronológica, el libro arranca con Black Flag, banda sumergida en los últimos años de la primera oleada de punk y que instauró, ya a principios de los ochenta, un modelo económico que bandas posteriores a ellos adoptarían, mejorarían o desecharían con el pasar de los años. Del mismo modo, el libro finaliza con Beat Happening, agrupación que tendría un éxito moderado a finales de los noventa, cuando el rock había logrado su mayor auge.

Lo interesante es el avance progresivo en la conformación de la escena. No parece fortuito que Azerrad haya elegido a dichas bandas, pues bien representan y cubren los perfiles necesarios para explicar el cambio que sufrió no sólo la escena, sino –y como ya dije– el sistema económico, la industria, la difusión musical y un amplio etcétera.

Dicho así, podemos dividir el libro en dos: aquellos grupos que, por azares del destino o a modo de declaración de principios, fueron firmes en las ideologías que tenían; y aquellos grupos que ‘modificaron’ su percepción de cómo llevar a cabo las cosas.

En el primer sector ubicamos a Black Flag, Minutemen, Mission of Burma, Minor Threat, Big Black, Fugazi y Beat Happening, la mitad casi exacta del libro. Como lo mencioné, algunas no tuvieron alternativa en su elección y otras eligieron el camino autogestivo. Por ejemplo: Black Flag y Mission of Burma se vieron supeditadas a las herramientas que la escena les permitía, y con lo poco que se les otorgó, trabajaron incesantemente para ganarse un nombre en la historia. Las demás, por otro lado, no creían en que estar insertados en una corriente principal –de pensamiento– les fuese a traer un cambio radical. Ian MacKaye y Steve Albini fueron individuos al margen de los dogmas culturales y artísticos, y prefirieron, en todo momento, instaurar uno propio, bajo sus propios términos.

El segundo sector está compuesto por Hüsker Dü (parteaguas en esto, pues fue la primera banda en saltar a una disquera trasnacional), The Replacements, Sonic Youth, Butthole Surfers, Dinosaur Jr. y Mudhoney. Ellos representaron el otro de lado de la moneda. Su intención, tras haber crecido como agrupaciones, era conseguir un contrato con más garantías en una disquera con más renombre. Así, Hüsker Dü firmó con Warner, Sonic Youth con Geffen y las demás buscaron por su parte. No obstante, esto no les redituó gran fama ni vastas cantidades de dinero, pues sólo fungieron como un experimento para las disqueras, que más tarde entenderían cómo funcionaba el sonido y la estética, y que terminarían por aplicar en sus superproducciones (como Soundgarden, por lanzar un nombre).

A la par de las bandas, Azerrad envuelve al lector para conocer las prácticas económicas que se llevaban a cabo en dicho momento. Para esto, el autor narra las historias de los sellos discográficos más importantes de la década. Entre éstos, encontramos los nombres de Dischord (fundado por Ian MacKaye y que es el claro referente del hardcore punk), Touch and Go (que, hasta la fecha, ha editado a nombres de alto calibre, como Don Caballero o Big Black) o Twin/Tone (pequeño en comparación con las demás).

No obstante, el autor hace un sesgo muy marcado entre dos disqueras que describe como los pilares de todo el underground estadounidense: SST Records y Sub Pop. La primera, fundada por Greg Ginn, tuvo, en su momento, un roster de los grupos más relevantes de la época. La segunda, dirigida entre Bruce Pavitt y Jonathan Poneman, catapultó al rock alternativo dentro y fuera de los Estados Unidos. Las narraciones de Azerrad vuelven a dividir a la escena en dos: la etapa de SST y la etapa de Sub Pop.

El autor enfoca perfectamente los momentos cumbres y el descenso al abismo de dichos sellos. Durante la primera mitad de la década, SST dominó el mercado independiente. Para su relevo, a finales de los ochenta, llegó Sub Pop. Ambos tuvieron en su catálogo lanzamientos legendarios de la época. Por un lado, SST editó Double Nickels on the Dime, Zen Arcade, EVOL y Sister, y todos los discos de Black Flag. Por el otro, Sub Pop estableció, entramó y vendió toda una escena musical. Creó una estética en torno a las bandas. Produjo, lo que ellos denominaron, ‘the Seattle sound’. En su haber, Sub Pop lanzó al mercado el Bleach, de Nirvana, el Superfuzz Bigmuff de Mudhoney y los primeros EPs de Soundgarden, aparte de juntar a las bandas más importantes del momento en sus famosas compilaciones ‘Sub Pop’.

A pesar de todo el bien que trajeron, los sellos llegaron a un punto donde casi quiebran. Sus imágenes quedaron manchadas por el mal manejo del dinero, de la inversión que realizaban. Las regalías de los discos eran desviadas para subsanar gastos de los mismos sellos, lo que llevó al hartazgo a los grupos que prefirieron salirse. Azerrad retrata bien estos momentos de crisis por los que atravesaron, mostrando el lado oscuro de la escena musical, donde no todo era diversión y conllevaba una gran responsabilidad manejar la economía de un pequeño sector de la música.

Michael Azerrad recabó la vasta información que respondía a muchas incógnitas del cómo y por qué Nirvana había llegado a un lugar tan alto en la historia. Toda una generación esquematizó, gracias a probar y fallar, el subsecuente camino que la industria musical tomaría. Crearon un sonido que Kurt Cobain y compañía explotarían en los años que estuvieron activos, una estética con la cual muchos se sintieron identificados y pudieron adquirir como forma de vida. Pero todo ello existió años antes, y con el paso del tiempo se fue perfeccionando, hasta el grado de ser el producto que hoy día recordamos con añoranza.

Azerrad, pues, fue un historiador musical, encargado de reconstruir los momentos clave que vivió toda una comunidad artística. Y es, a través de sus historias, de su investigación y resultado final, que las generaciones más jóvenes pueden acercarse a estas bandas, que impactaron de lleno en la cultura popular. La tarea del autor fue difícil, pero el resultado, esa arquitectura verbal que sólo los historiadores tienen en su ser, es sublime.

 

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